18 dic. 2011

Se acabó: el Capitalismo no va más, fin de esta historia *

Todos los análisis sobre la actual crisis del capital, tanto los moderados como los radicales, más allá de sus explícitas declaraciones, coinciden en una sola cosa: el capitalismo no va más, se terminó, finito y cualquier intento por sostenerlo, por revivirlo solo provocará que su desplome sea más catastrófico.

Ya está claro que la crisis financiera es un elemento más de la crisis global de la civilización capitalista, creer en lo contrario es simplemente esconder la basura bajo la alfombra hasta que se atiborre de podredumbre y estalle en el corazón del insolente narcisismo burgués que la ha justificar a ambos lados generado.

La despreciada
tesis marxista sobre la baja en la tasa de ganancia, que explicaba el límite interno del propio desarrollo de la economía capitalista, hoy por hoy se cumple por sobre las novelerías liberales-burguesas (keynesianas o neoliberales).

Sabemos que la crisis actual es el desenlace necesario de la crisis crónica de sobreproducción que desde hace cuatro décadas soportan las economías centrales, decir que la intervención del estado para proteger el mercado va a salvarnos de este atolladero civilizatorio es una vana ilusión que puede hacer abortar la última posibilidad de cambiar la historia, y evitar el hundimiento humano en la barbarie y en el colapso ecológico que necesariamente la va a acompañar.

El límite civilizatorio al que hemos arribado nos impone una elección -que debería ser obligada si aún sobrevive la razón histórica, si aún sobrevive la volunta humana de poder desplegar mundo-: o atravesamos el umbral de lo conocido, gastado y acabado, en otras palabras atravesamos la frontera que contiene este destruido ensayo civilizatorio y emprendemos la construcción de otro mundo, o el miedo nos paraliza y desaprovechamos la posibilidad a-histórica que la propia crisis civilizatoria a abierto, es decir nos encerramos en este tiempo histórico y nos autocondenamos a la destrucción humana.

Parece ser que en estas épocas de profundas crisis civilizatoria, donde la historia conocida se paraliza en una especie de compulsión a la repetición paranoica de sus últimos pasos, se abre la única posibilidad de elección real para la conciencia humana. Momento único de libertad para elegir el destino de la humanidad, pues nada garantiza ni asegura que el ser humano se sumerja en la pulsión de muerte y la atraviese produciendo un nuevo acontecimiento histórico, digamos creando otro mundo desde la potencia de su pulsión de vida.

Así mismo, ninguna fuerza trascendental metafísica, llámese Dios, Razón o Fuerzas Productivas, va a impedir que quedemos fatalmente atrapados en la pulsión de muerte, en este caso derrotados por la insoportable angustia de nuestra complicada y crítica existencia humana podemos buscar el sosiego en la muerte biológica de nuestra especie.

Dicho de otra manera, sino aceptamos la muerte simbólica que implica aceptar que el mundo moderno capitalista con todas sus promesas filosóficas, políticas, económicas, tecnológica, e ideológicas terminó y con él el humano concebido y estructurado desde ese paradigma, lo más probable es que tengamos que enfrentarnos a la desaparición de la especie humana, debido a la inevitable catástrofe ecológica y social que esta obsesión de perpetuidad capitalista provoca.

El desgaste de esta civilización parece haber provocado en el ser humano un doble trastorno -social y biológico -. Por un lado, hemos sido presa de un pesado cinismo desde el que sabemos exactamente lo que está sucediendo con la civilización y el medio ambiente y sin embargo mantenemos una fría distancia cómplice y resignada frente a un destino catastrófico asumido como fatal.